Tu decídes: Vivir o morir.

Tras pasar la pequeña trampilla que nos liberaba de ese enorme zulo de pesadilla, nos encontramos ante una inmensa explanada dónde la hierba queda oculta bajo toneladas de desechos y desperdicios: debemos de encontrarnos en un contenedor ilegal a las afueras de la ciudad, pero aun así, respirar profundamente ese oxígeno contaminado me revitaliza de una manera majestuosa. El sol brilla con fuerza, cálido, bañando nuestros cuerpos mutilados, y reconozco que es una de las sensaciones más maravillosas que he sentido en mi vida. El placer de las pequeñas cosas. Nos hemos enfrentado a la desesperación, al fin, al miedo, a nuestros propios demonios. Hemos ganado este juego macabro de la muerte.

Juan y Marina caminan a mi lado, todos en silencio. Cada uno está sumido en sus propios pensamientos o, quizá, simplemente con la mente en blanco aceptando la nueva vida que nos han otorgado vivir, apreciando cada pequeño gran detalle de nuestro mundo. Juan y yo cruzamos una leve mirada que nos arranca una sonrisa de complicidad: Estamos sucios, agotados y ensangrentados, pero estamos vivos, lo hemos conseguido. Marina, sin en cambio, camina un poco adelantada a nosotros con la mirada perdida y cabizbaja. Desde que hemos salido de aquel infierno terrenal, no ha levantado la mirada del suelo. Pienso que debe de estar en shock.

Tras horas caminando que parecieron milenios, llegamos a la enorme metrópoli. Caminamos lentamente entre la gente por las aceras de la gran ciudad, pero nadie se percata de nuestra presencia, todos siguen sus ajetreadas vidas sin percatarse de lo que hay a su alrededor. Somos como pequeños fantasmas queriendo vivir en el mundo de los vivos y hacernos eco, pero la realidad es más escalofriante todavía: Nadie se preocupa de nadie ni por nada.

Marina no ha parado de sobresaltarse desde que nos adentramos en la ciudad. Mira asustadiza hacia todas partes de una manera frenética. Sus ojos están completamente abiertos, alerta, como esperando que algo horrible fuera a suceder de un momento a otro, y su labio inferior tiembla igual o incluso más que sus manos, que no para de estrujarse. Una persona acaba de chocarse con ella, pero ha seguido hacia adelante sin inmutarse. Marina se ha quedado completamente clavada en el suelo sin mover ni un solo musculo, y acto seguido se ha llevado las manos a la cabeza desesperada, como si su mente fuera incapaz de procesar tanta información y terror al mismo tiempo.  Gira la cabeza a ambos lados como queriendo asimilar o dejar escapar esos pensamientos que la perturban.

Me he acercado deprisa y me he puesto frente a ella, mirándola fijamente a los ojos de una manera tranquilizadora. He sujetado y apretado sus manos con las mías, y Marina a abierto esos ojos inmensos. Me mira como un conejo asustado ante los faros de un coche aproximándose.

– Esto no ha acabado, no ha acabado, estoy segura. Tengo la sensación de que alguien nos persigue y nos observa. En cualquier momento sé que va a ocurrir, sé que volveré a ese horrible lugar otra vez.

Su voz tiembla incontrolable, y no deja de mirar a ambos lados mientras me dice esas palabras. Yo la sujeto la cara delicadamente entre mis manos, para hacerla parar y fijar su mirada en la mía.

– Marina, hemos pasado por una experiencia totalmente traumática. Traumática e impensable. Es normal que estés asustada, pero tienes que darte cuenta de que hemos salido, hemos sobrevivido, y ahora nos toca vivir. Tienes que ser fuerte y superar este bache. NUNCA, volveremos a ese lugar. Este juego de plena supervivencia en el que nos han obligado a participar era precisamente por eso, porque no estábamos valorando nuestras vidas. Todos nosotros estábamos metidos en un bucle infinito de desidia, pero en cuanto hemos visto que nuestras vidas realmente peligraban, todos hemos querido vivir.

Marina me escucha intentando aceptar mis palabras, pero miro en sus ojos que es incapaz de comprender lo que le estoy diciendo. Todo fue demasiado horrible como para darle un pensamiento positivo.

– Marina, no digo que lo hicieran por nuestro bien, solo quiero que comprendas por qué estábamos allí, ellos mismos lo dijeron.

“Tu vida es una mentira, ahora viene tu hora de la verdad: Hoy jugarás con tu propia vida. Debes ver la muerte para renacer”. Esas palabras nunca se me olvidarán. En un principio no comprendí esas palabras, todo me parecía una broma cruel y grotesca, pero en cuantos todos los allí presentes empezaron a hablar de sus vidas, vi el factor común: Todos estábamos enganchados a vicios perniciosos, y todos queríamos morir… o buscábamos la muerte a raíz de nuestros actos, aunque fuera de manera inconsciente.

– Yo no quiero vivir así. ¡YO NO PUEDO VIVIR ASÍ!

Marina se separó de mí bruscamente, empujándome. Hecho a correr y vi que se aproximaba hacia la carretera. En décimas de segundo vi como Juan la agarraba de su chaqueta desgarrada y tiraba de ella hacia atrás, salvándola de una colisión casi asegurada. Respiré profundamente, mi corazón latía a mil revoluciones por segundo. Demasiadas emociones fuertes en tan poco tiempo.

Me acerqué corriendo a ellos. Juan le abofeteó.

– Escúchame bien, pequeña descerebrada. ¿Sabes cuantas personas darían por lo que tú tienes? ¿Por vivir? ¿Recuerdas cuantas personas han muerto allí dentro luchando por sus vidas?  – Juan hablaba asustado y con rabia contenida, temblándole la voz. Supongo que no podía comprender esa reacción, después de todo… – Éramos diez, ahora solo quedamos nosotros tres. No voy a permitir que tires tu vida a la basura, no después de todo por lo que hemos pasado. Ahora mismo vas a apartar esas ideas suicidas de tu mente, vas a irte a tu casa, vas a abrazar a tus padres y vas a intentar tranquilizarte. No pienses que a nosotros no nos afecta esto, pero tienes que aprender a vivir de nuevo. Si quieres, a partir de mañana mismo te recomiendo un amigo psicólogo muy bueno, todos deberíamos de ir a hacerle una visita.

Un psicólogo que quería morir. ¿No es irónico?

En ese momento decidimos separarnos y regresar cada uno a nuestras casas, a nuestras vidas, a nuestra rutina… Marina se iba más tranquila y más segura.
Vimos como cruzaba la carretera de doble paso peatonal, con sus manos en los bolsillos y la cabeza menos cabizbaja. Al final de la calle se dio la vuelta y levantó la mano para despedirse de nosotros, con un intento de sonrisa nada frustrado.

Pero vimos como su mano bajaba lentamente y su sonrisa se transformaba en una expresión de terror escalofriante. Marina empezó a temblar sin pausa, y se cubrió los ojos con las manos, como intentando escapar de algo que se abalanzaba contra ella sin poder evitarlo. De pronto, corrió hacia la carretera y todo pasó en cuestión de segundos.

                ***

Me despedí de ellos, más tranquila y más segura. Las palabras de Juan y su bofetada merecida me hicieron recuperar un poco el ritmo de mis pensamientos. He comprendido que mi situación es normal, que es entendible, y, sobretodo, que tengo apoyo. Tengo más fuerzas para seguir adelante y enfrentarse a mis temores. Ahora solo queda dejar que pase el tiempo y que sanen las heridas, que cese el miedo, y podré vivir mi vida nuevamente, pudiendo fingir que nada de esto ha sucedido en la realidad y que todo ha sido un mal sueño.

Ya he cruzado ambos pasos de cebra: la gran avenida principal, y me doy la vuelta para despedirme (hasta nuevo aviso) de Juan y Claudia. Ellos me devuelven el saludo desde al otro lado de la calle, pero, de pronto…

No puedo creer lo que ven mis ojos, no puede ser cierto. Allí, al otro lado de la avenida, entre las personas, veo que ella se aproxima. Enfundada en su traje azul marino y su sombrero con visera, se acerca deprisa hacia mí. Me mira con esa cara totalmente desfigurada y plagada de quemaduras. Su mirada misma es una película de terror: me contempla fijamente con sus ojos oscuros, y ese ojo sin párpado y casi fuera de su cuenca me mira fijamente, abierto completamente como si fuera a explotar de un momento a otro. Me sonríe. Me sonríe con esa sonrisa grotesca sin labios, con esa boca que solamente es una línea mal cicatrizada, como si le hubieran arrancado los labios y la herida se hubiera infectado.

De pronto, se empieza a reír. Empieza a reírse desenfrenadamente y me señala con uno de sus dedos, largos y huesudos. Sé que viene a por mí, que me persigue. Viene a por mí, para devolverme a ese horrible lugar. Cruza el primer gran paso de cebra de la avenida con paso decidido.

Me tapo los ojos con las manos. Lo que estoy viendo no puede ser cierto, tiene que ser una alucinación. Por dios ¿Es que nadie la ve? ¿Es que nadie se ha percatado de la presencia de este monstruo?

Vuelvo a abrirlos y veo que sigue aproximándose. Me mira fijamente, pero sin borrar esa sonrisa sardónica de su cara. Los semáforos de pronto retornan al verde y frenan su camino. Pienso en huir, en darme la vuelta y en salir corriendo, pero sé que ella me encontrará. Sé que lo hará. No puedo vivir así.

Sin pensarlo ni un segundo más, me lanzó contra la carretera.

Todo ocurre en cuestión de milésimas de segundo. Siento mi cuerpo sobre el caliente y duro asfalto de la carretera. Intento moverme, pero mis piernas no respoden, y el resto de mi piel es como una pira funeraria en sí misma. Calor, ardor…  Abro los ojos a duras penas, lentamente. Los parpados me pesan, me duelen. Dolor. Solo siento dolor por todas las partes, partículas y células de mi cuerpo.

El tráfico está totalmente parado y colapsado. Escucho sirenas a lo lejos. La gente me rodea y observan la escena con espanto y terror. Veo que ellos están allí. Claudia se arrodilla a mi lado, le tiemblan las manos. Juan, simplemente, aparta la mirada, horrorizado. Pero, entre la gente, veo a alguien más: es ella. Me mira impasible entre la gente y, poco a poco, vuelve a crear esa sonrisa grotesca en su cara, veo satisfacción en su mirada. Se agarra la visera y hace un gesto de asentimiento con su cabeza, a modo de despedida… o de saludo.

– Claudia… ella… ella… está  ahí. Ella está ahí…

Claudia se da la vuelta, buscándola nerviosa entre la gente. Vuelve la mirada hacia mí, completamente horrorizada.

– Claudia no… no hay nadie, ella no está aquí. – Se tapa los ojos con las manos, no puede evitar el llanto.

Tengo el corazón a punto de explotar. Mi sangre estalla en puro nervio y mi cuerpo ya es incontrolable. Siento como se convulsa repetidas veces, frenéticos, sin pausa. Claudia grita pidiendo ayuda, pero nadie se acerca, nadie se acerca…. Mis ojos se abren enormes gritando al cielo misericordia. De pronto, todo está negro.

                                                                       ***


– Él me ayudó. Debemos seguir las reglas… Arréglame, Juan.

Estoy en la consulta de Juan. Ya ha pasado un año de ese mal sueño, pero mi mente no puede parar de pensar en todo el asunto ni un momento. Lo peor de todo, es que en el fondo siento un enorme agradecimiento a todo ese sufrimiento. El me mira como si no pudiese creer lo que le estoy diciendo

– Claudia, lo que ellos hacen no es diferente al asesinato. Torturan a la gente, los ven morir. No ponían a prueba las ganas de vivir, sino que acababan con la última oportunidad.

– No, ellos simplemente nos dieron una herramienta para recuperar nuestra vida y abandonar los vicios que tanto nos habían corrompido el alma. Nos enseñaron la lección que había arruinado nuestras vidas. Al final, todo dependía de ti, Juan: Vivir o morir. Marina decidió morir.

                                                                   ***

Quiero jugar a un juego. Si te anticipas al pensamiento humano, nada se deja al azar.
¡Miradme! Las reglas son sencillas… Vosotros no me conocéis, pero yo a vosotros sí. Vivir o morir: tú decides.
Oh, sí… habrá sangre.
Cuesta mantener la calma, ¿verdad? ¿Cuánta sangre derramarás para seguir vivo?
La mayoría de la gente no agradece seguir con vida. Pero tú no. Ya no.
Aprecia tu vida.
¿Sufrimiento? Aún no has visto nada… Los que no aprecian su vida, no merecen vivir pero… ¡Todos merecen una oportunidad!
Vuestro instinto os dirá una cosa, pero yo os suplico que hagáis justo lo contrario.
¿Has aprendido como salvar la vida de verdad? Tú tiempo se agota…
¿Aprenderás a olvidar?
¡Que empiece el juego!

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